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La magistral mirada de Ezequiel Tujague sobre “Cuando no pasa el tren”

En medio de la segunda jornada de “Cuando no pasa el tren” organizada por el grupo colectivo “Tura Urb”, el actor, escritor emergente y gran persona, Ezequiel Tujague, con su lírica extrema, jovial y filosa, postuló en conceptos este gran evento cultural autogestionado vernáculo que tiene como fin armar un reducto o escenario limpio para propagar y hacer crecer el arte local.

A continuación, un verso en prosa, o un relato magistral, como prefiera definirlo, de un gran defensor de nuestra cultura local.

No puedo callarme, Tolstoi. Disculpe…

Es que no puedo. No puedo callarme, al igual que usted, maestro. 

Usted, que no podía callar la atrocidad de la muerte, que no podía seguir viviendo ante tanta muerte atroz. Acá también estamos superando la atrocidad. Sí, acá también. Un haz de luz lleno de arte variada que discurre por estas vías, querido Tolstoi. 

No podemos callarnos, no puedo.

Porque es necesario gritarlo, otra vez, por sexta vez, ¡¡¡gritar!!!

 !!!“Cuando no pasa el tren”!!!

Si quiere se lo susurro. “Cuando no pasa el tren”. ¿Se escucha? ¿Sí?

Ven. Vieron… No puedo callarme y es grito y es susurro. No podemos. 

Vienen con el: 

“Si se puede” Jajajaja. Jajajaja. Risas de rechazo. Sí se puede. 

Claro que podemos. Mira si no. 

Porque

No podemos callarnos ni dejar de hacerlo. No podemos corrernos de esta manera de convocarnos, porque caeríamos en la atrocidad del consumo de ferias y festivales, y chorizos secos y quesos, y toda la serie consumista que necesita y pide y pone como primera condición esa visibilidad de la mercancía. Del producto. De los Millones de pesos.

Cantá: 20 millones de pesos. 20 millones de pesos.

Acá, le digo Tolstoi, no podemos sumar regalías… No nos sale. Acá participamos por el hecho mismo de participar. ¿Se entiende eso? Es un acto genuino. Funciona así. Por eso van seis y pasó el uno y vendrán decenas más de “Cuando no pasa el tren”.

No puedo callarme, ni tampoco dejar de nombrar a las y los estrategas incansables de la convocatoria: ahí anda “Conty” y ahí va Diego. Sonrientes. Hacedores. Criaturas hermosas. Anfitriones. Que tampoco pueden callarse. Y hacen y no pueden dejar de hacerlo. 

Ahí estuvieron otras sedes cobijando al tren que no pasa. Como lo fue Gidi. Siempre presente Gidi. 

 Y es en ese vacío, en esa decadencia de que no pasen trenes, que nace este volcán en erupción de puro arte local: con mucha música. Músicos y cantantes y raperos, y pibes y pibas de todos los barrios reunidos a cantar. A tocar. A zapar. Para provocarnos. Y así bailamos y nos caemos en un pogo jovial, borrachos de felicidad. Para levantarnos y seguir porque no pasa el tren. Y están el arte plástico y las pinturas coloreando, interviniendo el paisaje pampeano. Y las fotografías a cielo abierto, colgadas de la vista de quien mira.

Y el sonido Arcos. Esa familia apoyando y festejando el arte. Y todo el hacer de estos años de “Cuando no pasa el tren”. 

No puedo callarme, Tolstoi. ¿Usted entiende no? Yo sé que sí…

Porque da gusto ver en este espacio emergente que ya es fija, que ya es un bastión del hacer local, da gusto ver y descubrir las nuevas representaciones que van apareciendo con la fuerza de lo nuevo. 

“Emergentes”: dice un marxista como Raymond Williams. Quiere decir, en primer lugar, que nuevos significados y valores, nuevas prácticas, nuevas significaciones y experiencias están siendo creadas de manera continua. Acá. Acá señor Williams. Acá nace lo emergente. Ahí fluye. Acá vive lo emergente. Y advierte el señor Williams de “cuán alerta está hoy la cultura dominante a cualquier cosa que pueda ser percibida como emergente”.

En la primavera pasada lo escuché y vi al señor de barba blanca, al actor Diego Lovizio, ejerciendo la experiencia recitada sobre un texto de Elisa Vicondo. Ese hecho perforó mi ser. Me tocó. Me trastoco.

Y despertó en mí todo este decir.

Discursear. Discursos improvisados en las vías del tren. De acá a la eternidad.

Porque no salimos ilesos de esta intervención. De la experiencia.

Decía por ahí el poeta local Santiago Zambianchi con su mirada aguda y fresca expresada en palabras cargadísimas de grandeza:

“Aglomera a los que sienten el arte y los mete en un mismo reducto, desde donde sale, en su medio, un acontecimiento de evolución no sólo para los ojos que miran, sino para los que son protagonistas en la escena.

Es una escena que se rompe para el pensamiento ordenado, pues, quienes arman esa escena, andan en un tramo de la lealtad directo hacia la creación.

Entonces, ese hilo, al ser de invención clara, atropella al torpe. No es fácil entender al ‘Cuando no pasa el tren’. Y menos al corazón de quienes lo hacen, aquellos que patean el tablero de lo convencional y, con esa lúcida distorsión, gestan la raíz de lo que crece en una acorde o en una ilustración, o en la voz de los que cantan. O en el semblante de un bajo. Aunque ésas son sólo pequeñas aristas en un mundo individual que se va metiendo en lo social como algo extraño, pero sensato y distintivo”.

Dice, contundente, Santiago:

“Lo que hay allí es un gesto nítido de mente. La lectura de un poema puede sanar más de un alma. La guitarra andando es un cañón de flores que puede modificar hasta el sistema inmunológico, como mínimo. Lo malo ante estos eventos es la subestimación de los que miran de reojo, pues, lamentablemente, el que observa de costado, también está de costado, fuera de una cita que es de futuro. Así será el futuro: con gente pensando cómo hacer para meter en el medio de la realidad su costado maestro. Y no para él, sino para todos. El arte es eso. Es meter el costado maestro en lo que está surgiendo para que ese surgir se ilumine en todos los que pueden llegar a observar con humildad la inspiración del otro”.

Con esto me quedó y con esto me despido. Cargado de presente hacia un futuro todo nuestro.

Buen año. Viva “Cuando no pase el tren”, y lo más importante: recordémonos.

¡Y abracemos la creación! 

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