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Columna: “Clásico de colores”, por Ezequiel Tujague

El columnista de Corazón Amateur, confeso hincha de Rivadavia, relata con su estilo el cotejo de ida apasionante entre el Rojo y Colonial, que concluyó 2 a 1 a favor de los de Ferré, y que tendrá su partido de vuelta en torno al Regional, esta noche, en el “Coliseo”, a partir de las 21:00 horas. Un relato de detalles coloridos, de fútbol desde adentro, de pasiones y sensaciones. Así es Tujague siempre cuando escribe.

Ezequiel Tujague, columnista de Corazón Amateur, relata en esta ocasión el partido de ida de la segunda ronda eliminatoria del torneo Regional 2021-2022 entre Rivadavia de Lincoln y Colonial jugado en Ferré, que concluyó 2 a 1 a favor del local, y que tendrá su revancha hoy, desde las 21:00 horas, en el “Coliseo”, en donde ambos elencos intentarán clasificar para pasar a la semifinal de la Regiòn Pampeana Norte, donde ya los espera Mariano Moreno de Junín, que ayer eliminó al SAT.

Tujague, confeso hincha de Rivadavia, relata en esta columna su viaje a Colonial. Con su estilo, con sus detalles de crónica, con las particularidades de su pluma, el periodista local le pone color a los pormenores de este cotejo en el a priori, en su desarrollo y luego de su final. Un choque bien jugado, con aristas en su propuesta deportiva dignas de resaltar. Y Ezequiel las vivió de cerca, en una cancha sin la posibilidad de público visitante, con todo lo que conlleva esa circunstancia deportiva. Tujague fue parte de un choque peleado, que ya lo comenzó a “masticar” desde el viaje hacia Ferré, para ir describiéndolo desde ahí. Una propuesta en la escritura que es más que una crónica deportiva. Es contar las sensaciones desde el hincha que acompaña, que está en minoría, que ve a su equipo desde el deseo de fiel simpatizante, más allá de las formalidades periodísticas y los resultados estadísticos. Para eso están las columnas de este tipo.  

“CLÁSICO DE COLORES”

“Los gritos se escuchan perfectamente y en esa posibilidad de llegar al otro, se dice, se grita, se vuelve a decir. 

Se agravia, se putea.

Como no hay bombos, menos trompetas ni hinchada ni aplausos, se escucha. Aplaudir a un jugador, al equipo, una jugada. Eso sí. Pero poco. Contadas veces.

Hoy, estoy en silencio. Modo visita.

Miro y escucho.

Aunque me cuesta ver de lejos, intento.

Aunque a veces escuchar desgasta, intento.

Colonial de Ferré juega un partido que casi pierde por aquella agresión a un lineman; entonces, en vez de ir a jugar el clásico al Fonavi, Rivadavia tiene clásico de colores y va a Ferré.

“Traé chorizos”, me gritó por WhatsApp un amigo del CAEL.

Y está bien. Traemos una derrota peleada, bastante bien jugada, con un partido y una serie que se sabía difícil y cerrada.

Colonial 2, Rivadavia 1.

No iba a ir. Tenía un cumple, pero ese cumpleaños tiene positivos. Lo mismo sucedió con este match que tuvo que ser reprogramado. Hoy jueves, el viaje es a Ferré.

Voy como un hijo. Viajo con un matrimonio, una pareja, unos compañeros, unos enamorados, dos que se quieren y andan. 40 años andando. Son la mamá y el papá del jugador de Rivadavia, Gonzalo García.

No llevo nada, sólo algunos pesos. Me buscan por la Massey y salimos.

Ruta 50. Para Vedía. No para nuestro partido, donde la 50 es intransitable. No por tráfico, sino por su mal estado. Esquivando pozos.

Vemos el atardecer viajando.

Maneja ella: Barbarita.

Maneja muy bien. No pregunto por qué no maneja él, el profe. Aunque lo pienso. Tan machista de alguna manera. O tan normativo. Luego entiendo que a ella le encanta. Que le da kilómetros y kilómetros. Y no suelta.

Vamos con aire acondicionado. Hoy, todes somos fundamentalistas del aire acondicionado. Un adelantado siempre Solari. Nos salva de los 40, 50 grados del día más caluroso del año. Por eso, y por la charla, el viaje es disfrute, es camino e ilusión de ver al Rojo.

La seca da más calor.

La soja en la banquina es normal, permanente, cercana. Todes sabemos que ese verde es soja. Verde de exportación.

Los animales arriesgando su vida en ese cruce con la humanidad en una fatal exposición. Gatos monteses y zorros, carpinchos y pumas que no se ven, pero están.

Mucho animal en esa ruta 50 a Vedia.

Luego, Arenales; y, después, Ferré.

Llegamos y optamos entrar según el maps virtual que nos manda por un acceso de tierra y no al principal.

Llegamos en tiempo; faltan 15 minutos para las 21:00. Llegamos por otro lado, tipo un barrio obrero, o Fonavi. Le damos la vuelta y entramos por el lugar indicado de la visita.

¿Y ustedes son familiares de jugadores?, pregunta la ley.

Somos familiares de un jugador. Somos tres. Sí.

El profe iba a explicar algo de mi condición, de que hago periodismo, pero inmediatamente se da cuenta que es mejor ser familiar. Y estar juntos esta noche.

Entramos y estacionamos el Ford, de trompa sobre un lateral de la cancha, hacia donde atacará Rivadavia en el primer tiempo: veremos un disparo de Lautaro Villegas apenas comienza el partido.

Veremos, de lejos, el gol de ellos.

Un gol que no terminamos de entender. Un golazo del mejor jugador de ellos, el “10”, que se la tira por arriba al arquero adelantado.

Veremos más que lo que se grita.

Vemos más jugadas de Rivadavia atacando, con chances claras, con situaciones.

No me saco en ningún momento, estoy en modo stand by, me dejo llevar.

El presidente de Rivadavia, el querido profe de tantos pibes, está pegado al alambrado. No hay vip aquí, ¿vio? No hay esos intercambios diplomáticos y formales de Europa y su Champions. Esto es ascenso del interior. Aquí es pegado al alambrado.

“Peto” Gorostiague recibe llamadas, responde.

Invita a esas llamadas a que vayan el lunes a la revancha en casa. Dice que ya empieza el partido. Que es obvio que él está ahí, en la cancha. Y dice que los árbitros ya están en la cancha. Entonces cuelga.

Hay un par de dirigentes, muchos allegados trabajadores del fútbol de Rivadavia.

Hay mujeres jóvenes, pibas y hay madres, un par de madres. Con ellas, el sonido agudo está garantizado.

Por momentos, el juego parece ser comentado por todo el estadio. Un estadio con tres torres de luces que dejan algunas sombras y con sólo una tribuna donde asisten los locales de Colonial.

Agudas punteadas colmarán la noche de Ferré.

Entretiempo: nos abren una parte que conecta que el otro arco donde está la cantina. Avanzamos para comprar comida.

Me entusiasmo con dos choris y una gaseosa grande. Compro dos choris para invitar a mi dupla preferida, pero no quieren.

Devoro mientras ya empieza el segundo tiempo. Con un bocado en la boca empiezo a vislumbrar el empate: desborde. ¡Mire, profe! ¡Mire! Centro rápido que deja al jugador de Rivadavia para empujar un golazo de empate.

Estamos lxs 20 que vinimos en medio de la cancha. Disfrutando ese arranque letal. Sorprendente.

Viene la policía y nos devuelve al lateral inicial.

Llegan mensajes de alivio. Era el chori y llenar la panza y ver al Rojo empatar.

Nos acomodamos nuevamente.

En un avance de ellos, en un gran momento de Rivadavia, no meten el segundo.

Luego, casi el tercero, pero también el dos de iguales.

Los gritos de la tribuna local se escuchan como en un estudio de grabación.

Se empiezan a reconocer voces que se repiten en tonos.

“¡Lincoln, dedicate al Carnaval!”.

Y muchos agravios al árbitro. Un tipo pelado y alto que llevó muy bien el desarrollo del partido. Luego, el cruce de voces en idas y vueltas con algunos de Rivadavia.

Se escucha todo. Los jugadores escuchan. En estas canchas vive el ascenso.

Pensaba, mientras Rivadavia ataca, que el Rojo de Lincoln, como institución, es grande. Tiene recorrido de diez años y más en el Federal A.  Tiene ascensos. Y tiene unas instalaciones hermosas y cómodas.

De años de trabajo y planificación.

Pensaba, mientras intentaba ver bien cada jugada, que Rivadavia es candidato, pero que siempre es difícil en el fútbol.

Por suerte.

Por eso seguimos yendo.

Por eso seguimos haciendo kilómetros. Para ver fútbol. A pesar del calor y de todo lo demás.

Seguimos ilusionados en verte.

La vuelta es cabezazos de cansado.

Bostezo.

Y aplausos para mi dupla favorita de familia futbolera.

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